En diciembre de 2014, cuando se cumplían 18 años de la muerte de Carl Sagan, escribí en este espacio1 que escudriñar en el legado de un hombre de ciencia de sus dimensiones nunca sería una tarea fácil. Doce años después, la advertencia sigue siendo válida.
Sagan murió el 20 de diciembre de 19962, a los 62 años, pero resulta difícil hablar de él únicamente en pasado. Muchas de las preguntas que ocuparon su vida siguen abiertas y algunas de las cosas que apenas podía imaginar son hoy parte de la ciencia cotidiana.
Fue mucho más que el hombre que condujo Cosmos: A Personal Voyage frente a cientos de millones de personas. Participó en algunas de las grandes misiones de exploración planetaria de su tiempo —Mariner, Viking, Voyager y Galileo— y estudió mundos tan distintos como Venus, Marte y Titán. Fue también uno de los pioneros en abordar científicamente una de las preguntas más antiguas de nuestra especie: si estamos solos.
Treinta años después de su muerte, conocemos más de 6,000 planetas3 alrededor de otras estrellas. Hemos recorrido Marte con vehículos robóticos durante años, observado atmósferas de mundos distantes y construido telescopios capaces de mirar hacia algunas de las primeras etapas del universo. Probablemente Sagan habría recibido cada avance con el entusiasmo de quien encuentra una respuesta y, casi inmediatamente, descubre detrás de ella una pregunta todavía mayor.
Marte ocupó un lugar especial en su imaginación. En Horizonte Aparente he recordado antes aquel mensaje que dejó grabado para quienes algún día lleguen al planeta rojo4. Sagan sabía que probablemente no estaría allí para verlo. Tres décadas después de su muerte, ningún ser humano ha pisado todavía Marte, pero sus palabras continúan esperando a esos viajeros.
También permanece aquella diminuta Tierra fotografiada por la Voyager 1 desde miles de millones de kilómetros de distancia5. Sagan había insistido en que la sonda volviera su cámara hacia casa. Apenas obtuvimos un punto suspendido en un rayo de luz. Era precisamente lo que quería mostrarnos: una perspectiva desde la cual nuestras fronteras, nuestras certezas y buena parte de nuestras disputas se vuelven absurdamente pequeñas.
Quizás ese sea su legado más perdurable. Sagan no solo explicaba el universo. Intentaba situarnos dentro de él.
En Cosmos decía que estamos hechos de materia estelar y que somos una forma en que el cosmos se conoce a sí mismo. Pero su fascinación nunca estuvo divorciada del escepticismo. Para él, maravillarse y dudar no eran actitudes opuestas. La ciencia exigía ambas.
Esa combinación —curiosidad, asombro y pensamiento crítico— explica probablemente por qué sus palabras han encabezado tantas publicaciones de Horizonte Aparente a lo largo de los años.
En 2014 escribí algo mucho más personal: que Carl, como nadie, supo inspirar gracias a su capacidad para explicar de la manera más sencilla los asuntos más complejos del universo.
Y añadí: «A él, y a nadie más, le debo mi profundo amor por la ciencia»6.
Treinta años después de su muerte, no encuentro una sola razón para corregir esa frase.
Referencias
1, 6. Para Carl — Horizonte Aparente ↩1 ↩6
2. Carl Sagan, Cornell astronomer, dies today (Dec. 20) in Seattle — Cornell Chronicle ↩
3. NASA Exoplanet Archive — Caltech ↩
4. Mensaje a los futuros exploradores de Marte — Horizonte Aparente ↩
5. Un punto azul pálido — Horizonte Aparente ↩
