«Las estrellas te iluminan y te sirven de guía». — Enrique Bunbury
Llenos de dudas, contemplábamos el cielo nocturno tratando de comprender qué eran esos objetos que brillaban distantes. Nuestra imaginación alzó vuelo, sin telescopios y otros dispositivos de medición que nos permitieran ver más allá de las dos dimensiones que teníamos de frente, y decidimos unir cada punto luminoso en la bóveda celeste. Le asignamos nombres de animales y héroes mitológicos. Así nacieron las constelaciones.
Claudio Ptolomeo (100-170) agrupó gran parte de las constelaciones que hoy conocemos en su obra Almagesto, las cuales fueron ratificadas por la Unión Astronómica Internacional en la primera mitad del siglo XX.
Desde nuestra perspectiva en la Tierra, las estrellas que componen cada una de las 88 constelaciones oficiales aparentan estar cerca, cuando en realidad están separadas por varios años luz unas de otras.

Para nuestros antepasados, cuando la astrología no se diferenciaba de la astronomía, las estrellas fueron la brújula que marcaba la ruta correcta durante la navegación, el calendario que indicaba el momento adecuado para la siembra, y gran medida, se conviertieron en símbolos de veneración.
Hoy en día las constelaciones ayudan a los astrónomos a delimitar las regiones en el cielo, convencidos de que las influencias sobre los habitantes de la Tierra de cuerpos tan distantes pertenecen a una época de muchas dudas y pocos datos, y, aunque pervivan los nombres de deidades, héroes y animales mitológicos, estas agrupaciones de estrellas no son más que un importante mapa en el cielo nocturno.
