«Las ánimas gritaban, enloquecidas: ¡Todavía falta; todavía falta! ¡Son dos pesos, dos pesos de agua! ¡Son dos pesos de agua!» — Juan Bosch, Dos pesos de agua (1941)
A lo largo de mi vida sólo he podido presenciar tres eclipses de Sol, todos parciales desde la República Dominicana. El primero el 11 de julio de 1991, el segundo el 26 de febrero de 1998 y el tercero el 8 de abril de 2005.
Los eclipses, además de ser un hermoso (durante mucho tiempo misterioso) espectáculo, sirvieron para validar a principios del siglo XX lo que pregonaba la teoría de la relatividad de Albert Einstein: que los objetos eran capaces de deformar el tejido espacio-tiempo y que la luz no escapa a la influencia de la gravedad. Elegante.
Con mucha ilusión (no muy distinta a quienes desean que su equipo favorito gane el partido) esperé durante ocho años y siete meses el eclipse del amanecer del 3 de noviembre de 2013, ya que, como siempre he sostenido, una vida nunca será suficiente para entender la hermosa y compleja maquinaria del universo.
De repente, la lluvia, la misma que inspira, que no presentaba credenciales como lo hizo en la noche del 2 de noviembre (y en la madrugada y la mañana del día del eclipse) rajó el cielo y estropeó con sus gruesas nubes grises el horizonte, alejando cualquier posibilidad de ver, desde la República Dominicana, a la Luna bloqueando al Sol por primera vez en casi dos lustros.

Ante semejante contrariedad, derrotado por el errático clima de la República Dominicana, sólo me queda esperar hasta el eclipse de Sol del 21 de agosto de 2017, cuando ya tendremos un nuevo presidente, Twitter habrá cumplido 11 años y mi presbicia prematura, seguramente, habrá progresado un poco más.
