Robert Wagner revisaba un mapa de la Luna cuando una mancha brillante rodeada por un halo oscuro llamó su atención. Era octubre de 2025. Al comparar las imágenes con otras anteriores, el especialista en procesamiento de imágenes encontró un cráter donde antes no lo había. Trabajaba con datos de la cámara de la sonda Lunar Reconnaissance Orbiter (LRO), de la NASA.
El cráter recibió el nombre de McGetchin, en homenaje al científico lunar Tom McGetchin. Mide aproximadamente 222 metros de diámetro y 43 metros de profundidad. Las imágenes permitieron situar el impacto entre el 11 de abril y el 22 de mayo de 2024, más de un año antes de su descubrimiento1.

Lo que llamó la atención de Wagner también contenía parte de la historia de la colisión. La mancha brillante correspondía al material expulsado durante el impacto. Alrededor del nuevo cráter, las observaciones de LRO revelaron además una zona de unos seis kilómetros de ancho que se enfría más durante la noche que el terreno vecino.

La explicación está en el regolito, la capa de polvo y fragmentos rocosos que cubre la Luna. El impacto removió ese material y lo dejó menos compacto, reduciendo su capacidad para conservar el calor. La colisión había cambiado tanto el relieve como las propiedades del suelo.
Estos cambios ayudan a entender por qué un impacto importa más allá del agujero que deja. Como recoge The New York Times2, los fragmentos expulsados pueden alcanzar zonas muy alejadas y representar un riesgo para futuras instalaciones. La posibilidad de que una roca golpee directamente una base es baja, pero una colisión distante también puede exponerla a sus efectos.

McGetchin ofrece la oportunidad de estudiar un cráter reciente con imágenes del terreno antes y después de su formación. Esa comparación permite reconstruir un episodio que pasó inadvertido y comprender mejor el entorno donde, algún día, los seres humanos podrían permanecer durante largos períodos.
