Astronomía · Estrellas

Hijos de las supernovas

Henry Hidalgo · 10 de mayo de 2013 · 3 min de lectura
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«El cosmos está también dentro de nosotros, estamos hechos de materia estelar. Somos un medio para que el cosmos se conozca a sí mismo». — Carl Sagan

Las estrellas son inmensas bolas de hidrógeno que van compactando este elemento en su núcleo, debido a la fuerza más poderosa del universo: la gravedad, la cual al final del camino vence todo, a un punto tal que ni los electrones son perdonados.

En el núcleo de las estrellas, hipercalentados por la gravedad, se da un proceso denominado fusión nuclear, en donde los átomos de hidrógeno chocan entre sí formando átomos de helio. En este proceso se libera una enorme cantidad de energía que llega a nosotros en forma de las partículas fundamentales denominadas fotones.

Cuando el hidrógeno se agota, la gravedad empuja a las estrellas a fusionar los átomos de helio, que a su vez pasan a convertirse en elementos más pesados como carbono, oxígeno, neón, magnesio, silicio, azufre y hierro.

Una estrella pasa toda su vida fusionando átomos y creando nuevos elementos, pero la gravedad, implacable, continúa imponiéndose. En el proceso de fusión la estrella va expandiendo sus capas exteriores mientras su núcleo, contrayéndose por la gravedad, se torna cada vez más denso y cargado de energía, que al no poder retenerla, la expulsa hacia las capas exteriores y estalla como supernova.

En el año 1054 astrónomos chinos documentaron la explosión de una estrella en la constelación de Tauro que se mantuvo brillando durante meses. El remanente del estallido es conocido en nuestros días como Nebulosa del Cangrejo.

No siempre las estrellas terminan en forma de supernova, ya que este tipo de explosiones depende de la masa. El Sol, por ejemplo, no tiene masa suficiente para estallar como supernova y está destinado a expandirse hasta convertirse en gigante roja y finalmente ser vencido por la gravedad, que lo reducirá a una enana blanca, como ocurrirá con el 95 % de las estrellas que conocemos, luego de haber expulsado gran parte de su masa.

Cuando la gravedad comprime el núcleo de la estrella, esta última, en un intento desesperado por contrarrestarla crea una fuerza repulsiva apelando a los electrones, partículas elementales que se rechazan entre sí al tener carga negativa. En ese momento la gravedad se auxilia de los protones adyacentes y los impacta contra los repulsivos electrones formando neutrones y adquiere un impresionante y denso núclueo, es decir, toda la masa de una estrella del tamaño de Sol reducida a un espacio seis veces más pequeño que el Distrito Nacional, dando orgien a una estrella de neutrones.

La Nebulosa Ojo de Gato en la constelación de Draco es el remanente de una estrella parecida al Sol. En su centro se aprecia una enana blanca, aunque se tiene la sospecha de que se trata de un sistema binario.

Algunas estrellas más masivas que el Sol generan una resistencia tal a la gravedad que al final de su vida crean una región tan increíblemente densa que ni la luz puede escapar de ella. Dicha región es conocida como agujero negro.

Pensar que cada uno de los átomos que nos componen sobrevivieron a una de las explosiones más impresionantes del universo nos conduce a reflexionar sobre lo grandioso de estar aquí.

El hierro de nuestra sangre o el calcio de nuestros huesos no llegaron a nuestros cuerpos por casualidad. La muerte de las estrellas anteriores a nuestro Sol lanzaron al espacio los ingredientes para formar otras estrellas, planetas y, en el caso de la Tierra, abundantes formas de vida sometidas a una evolución constante.

Las primeras estrellas, probablemente de masas mayores que las actuales, llenaron el universo de elementos pesados. Con su violenta muerte surgió la vida que conocemos. Somos, sin dudas, hijos de las supernovas.

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