«Pero el tiempo se mantiene fluyendo como un río, hacia el mar, hacia el mar». — Alan Parsons Project
El canal de Panamá cumplió hace poco cien años, algo que para una vida humana es relativamente mucho tiempo, de hecho, pocos alcanzan un siglo de edad.
La idea del tiempo desde siempre me ha acompañado. Tenía alrededor de ocho años (1984) cuando medité sobre el tiempo que faltaba para llegar al 2000, un año tan simbólico que hasta una revista semanal dominicana, de la cual me convertí en asiduo lector durante mi adolescencia, lo incorporó a su nombre.
Marcada mi generación por películas como Back to the Future (1985) y sus respectivas secuelas, en donde se hablaba del pasado, pero sobre todo de un distante futuro (2015, ya a la vuelta de la esquina) me aferré, sin proponérmelo, a la ciencia ficción y sus interesantes distorsiones del tiempo.
Así las cosas, el 2000 llegó sin pena, acompañado de temores del Y2K, el P2P de Napster y la última apuesta de Sega con el Dreamcast.

A veces, sólo a veces, me cuesta mucho creer que treinta años me separan de los afanes de prepúber sobre el tiempo, bailando en el presente con las sombras del ayer.
Hoy, que no tenemos autos voladores como imaginaron en Back to the Future, que el USA Today aún circula (aunque con un logotipo distinto), pienso en nuestra pequeñez ante el tiempo.
Gardel comenzó a interesarme con el paso del tiempo y comprendí que tenía razón cuando aseguraba «que veinte años no es nada».
Mientras escribo, pienso en cómo seremos dentro de treinta o cien años, mientras ignoro tantas cosas y sucumbo ante los años que fueron, «como si recordar el ayer nos dijera que cosa es el tiempo».

