«Ella juega con Marte y lo vuelve tapiz». — Alejandro Filio

Aquella noche del miércoles 27 de agosto de 2003, luego de sortear una fila descomunal, tuvimos el privilegio de observar a Marte al telescopio desde las instalaciones del Museo Nacional de Historia Natural en la Plaza de la Cultura de Santo Domingo, justo cuando la Tierra quedaba separada del planeta rojo por 55,8 millones de kilómetros.
Nos impulsaron tres razones concluyentes. Primero, nuestro planeta y Marte no se habían acercado tanto en casi 60 mil años, esto es, mucho antes de que nuestra especie desplazara a los neandertales; segundo, dada su mayor excentricidad orbital, Marte se aproxima o aleja de la Tierra durante las oposiciones y no coincide necesariamente en el mismo punto de las oposiciones precedentes y futuras; tercero, no habrá un acercamiento con tales características hasta bien entrado el 2287. La fila no podía ser una excusa.

Desde el punto de vista de nuestro planeta, las oposiciones son exclusivas de los planetas exteriores. Cada vez que la Tierra se encuentra en línea recta en medio de cualquier planeta exterior y el Sol ocurrirá una oposición. En cambio, cuando el planeta exterior se coloca en el lado opuesto del Sol, desde el punto de vista terrestre, estaremos ante una conjunción.
Los planetas interiores (Mercurio y Venus) estarán siempre en conjunción con respecto a la Tierra, sólo que será inferior cuando se coloquen entre el Sol y nuestro planeta, o superior cuando el Sol se encuentre en medio de ellos y la Tierra.

En enero de 2004, los rovers Spirit y Opportunity, este último aún en funcionamiento, se posaban sobre la superficie de Marte. En agosto de 2012 llegaría el rover Curiosity. Gracias a ellos, la humanidad ha redescubierto al planeta rojo, diez años después de su gran oposición.
